En la vertiente nordeste de Tenerife, entre el verde de los montes de Anaga y el azul del océano, se encuentran los pueblos de Bajamar y Punta del Hidalgo.

A pesar de que ambas localidades constituyen importantes núcleos turísticos dentro del municipio de La Laguna, han sabido conservar la tranquilidad y el encanto de los pequeños pueblos costeros, donde la agricultura y la pesca continúan siendo elementos significativos de su economía y su cultura.

El paisaje de esta zona se acompaña de la estabilidad de un clima primaveral que, con una temperatura media anual de 21 grados centígrados, invita a disfrutar de las actividades al aire libre y del mar. Son muchas las posibilidades que nos ofrecen estas localidades: playas de arena o de rocas, y piscinas que constituyen lugares ideales para disfrutar del baño en el mar y del sol; serenos paseos a la orilla del mar; o la práctica de deportes como la pesca, el surf o el buceo. Sin olvidar los senderos que parten desde cualquiera de ellas y se adentran el Parque Rural de Anaga.

Son lugares privilegiados para aquellas personas que valoran la oferta relacionada con la salud y el bienestar a la hora de seleccionar el destino para sus vacaciones.

Playas como la de Troche, San Juan o El Arenal, y piscinas como las de Bajamar o El Arenisco, en las que podemos disfrutar de un baño tranquilo en esta zona de fuertes oleajes, son algunos de sus atractivos.

El interior de los pueblos nos brinda rincones entrañables que nos hablan de su evolución y nos recuerdan personajes memorables de la zona. La plaza de Sebastián Ramos, las ermitas de San Juanito y del Carmen en Punta del Hidalgo, y las del Gran Poder de Dios y de San Juan, en Bajamar, son algunos de estos lugares de visita recomendada.

Existen también varios senderos que parten desde Punta del Hidalgo y Bajamar para internarse en las montañas y valles de Anaga. Su recorrido nos sumergirá en el paisaje de una de las zonas geológicas más antiguas de la isla, y nos conducirá a caseríos como los de Chinamada o Bejía, que formaron parte, en el siglo XIX, del que fue municipio de Punta del Hidalgo.

Y para saciar el apetito, la zona nos ofrece también numerosos restaurantes donde saborear los platos característicos de la cocina tradicional. Los pescados y mariscos frescos protagonizan un menú variado con el sabor de los pueblos marineros.

Esta zona constituye un escaparate en el que convive, en un espacio limitado, una enorme variedad de paisajes. Desde la costa hasta la cumbre, se entremezclan charcos, roques, zonas áridas y bosques siempre verdes.

Las costas de Bajamar y Punta del Hidalgo destacan por su amplia plataforma formada por rocas y charcos, generalmente poco profundos, que quedan al descubierto durante la marea baja. Estos charcos constituyen pequeños mundos llenos de vida en los que las crías de peces y los moluscos sirven de alimento a distintas especies de aves que visitan la zona, principalmente en invierno, bien para quedarse, o bien como escala en sus viajes migratorios.

Un poco más arriba comienzan los secos dominios de los cardones y tabaibas, verdaderos especialistas en aprovechar al máximo la escasa humedad de las laderas más bajas de los barrancos.

En la parte alta de Bajamar, algunos ejemplares de dragos se entremezclan con el palmeral formando lo que constituye una de las muestras mejor conservadas de bosque termófilo que quedan en la isla. Este bosque, que antiguamente cubrió las medianías de las islas, se ha visto reducido a pequeños bosquetes en zonas de difícil acceso como éstas.

El paisaje de las cumbres del macizo de Anaga llama la atención por sus profundos barrancos y desafiantes roques. Este abrupto entorno ha servido de refugio al Monteverde, vestigio de los bosques que cubrían el sur de Europa y el norte de África en la Era Terciaria.

Antes de la conquista, Punta del Hidalgo fue un señorío independiente de los demás menceyatos gobernado por Aguahuco, hijo del Mencey Tinerfe y, posteriormente, heredado por su hijo Zebenzuí.

Después de la conquista, la población se agrupó en los barrios de El Homicián y La Hoya, formados inicialmente por pequeños caseríos cuyas gentes se ocupaban principalmente en la agricultura y la pesca.